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viernes, 15 de marzo de 2019

La importancia de la tercera ley

Rover Opportunity
Oppy fue a Marte para 90 días y duró más de 15 años

Hace pocas semanas que el rover de exploración Opportunity, Oppy para los amigos, ha dejado oficialmente de funcionar. Su último mensaje decía “Mi batería está baja y está oscureciendo”. Ha sido a partir de lo que en principio debería ser un sencillo mensaje informando de su estado, que ha surgido un movimiento espontáneo de simpatía por el pequeño robot. Cientos si no miles de mensajes de condolencia por el fin de la vida útil de Oppy, dibujos y tiras cómicas homenajeando su hazaña y todo tipo de muestras de pesar me hacen pensar que la tercera ley de Asimov puede no ser tan imprescindible como pudiera parecer a priori.

Pero vamos a suponer (acertadamente imagino) que no todos los que estáis leyendo este blog sois unos fans recalcitrantes de la ciencia ficción en general y de los robots de Asimov en particular, así que procederé a incluir las tres leyes de la robótica originales:

  1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Por tanto, la tercera ley de la robótica de Asimov trata acerca de la auto preservación de los robots, pero ¿qué tiene que ver esto con Oppy?

Isaac Asimov
Asimov, el padre de la robótica

Para entenderlo debemos acudir a la primera obra en la que se menciona la palabra “Robot”, que no es otra que la obra teatral R.U.R., Robots Universales Rossum Escrita por el checo Karel Čapek en 1920. Cuenta Asimov que cuando leyó la obra le pareció un sinsentido que los directivos de R.U.R. se lanzaran a fabricar sus creaciones sin dotarlas de ciertas medidas de seguridad para evitar los sucesos que se muestran en la obra y más le extrañó aún que se aceptaran tan alegremente a estos robots en la sociedad hasta el punto de que hubiera tantos que cuando se rebelaron el desenlace fuera inevitable. A partir de esa idea surgió el concepto de sus tres leyes de la robótica y el universo literario de robots que fue creando. En ese universo, la tierra es un espacio libre de robots excepto dentro de los límites de la única empresa autorizada a fabricarlos, la U.S. Robots and Mechanical Men, Inc. El motivo de esto es debido a un hipotético "complejo de Frankenstein" es decir, un temor que el ser humano desarrollaría frente a unas máquinas que teóricamente pudieran rebelarse y alzarse contra sus creadores. Justo lo que ocurre en R.U.R.

Y es que este miedo se ha reflejado en numerosas obras de ciencia ficción a lo largo de las décadas:
  • La ya mencionada R.U.R., Robots Universales Rossum que, aunque ya se le notan los años es lectura obligada para cualquier fan de la ciencia ficción que se precie.
  • Todas las historias cortas de robots de Asimov, junto con las novelas de Elijah Baley y R. Daneel Oliwav.
  • Westworld, tanto la película de 1973 con Yul Briner como la serie de HBO.
  • ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y Blade Runner. Dos versiones de la misma historia genial creada por Philip K. Dick.
  • 2001: una odisea en el espacio y 2010: odisea dos. Hal no es un robot, pero es una inteligencia artificial tratada de forma muy realista y tiene mucha relevancia para los propósitos de este artículo.
  • Toda la saga Terminator, aunque hay algunas películas que con verla una sola vez hay más que suficiente.
  • Ghost in the Shell. Mangas, Ovas y series. Todo es tremendamente recomendable. En un mundo donde las nuevas tecnologías hacen cada vez más difusa la línea entre lo humano y lo artificial, la convergencia entre humanos totalmente tecnificados tratando de retener su esencia e inteligencias artificiales desarrollando de manera casi orgánica un espíritu hace que nos planteemos donde están los límites entre humanos y máquinas.
  • La saga The Matrix, aunque para enterarte de todo has de experimentar la narrativa transmediática viendo el anime (Animatrix) y jugando al videojuego (Enter the Matrix).
  • Inteligencia Artificial, película donde se muestra la posibilidad de que estas puedan exceder su programación y no siempre tiene que ser para mal.
  • Futurama. Esta puede ser la más alocada e irreverente de las aproximaciones a la relación de la humanidad con los robots, pero estoy convencido de que esta serie también es en parte responsable del cambio en nuestra forma de ver y relacionarnos con estos.
  • Horizon zero dawn. A estos les hubieran venido de perlas las tres leyes, ahora que lo pienso. Pero sin esa falta de visión no tendríamos este entretenidísimo y larguísimo videojuego.
  • Detroit become human. David Cage, el videojuego, en su máxima expresión.

Fry y Bender abrazándose
Fry y Bender o cómo cambiar la percepción hacia los robots.


En todas estas obras la Humanidad vive una relación de amor y odio con las máquinas, ya que sin ellas su desarrollo y bienestar no sería tan notable, pero a la vez los robots y las máquinas tienen una presencia y unas necesidades que deben ser tenidas en cuenta. Precisamente para minimizar y controlar esta presencia y sus necesidades fueron creadas las tres leyes que garantizan una obediencia total y una ausencia de conflictos.

Sabiendo todo esto ahora ¿cuál es el sentido de la tercera ley? Porque la primera establece que un robot nunca puede dañar de ninguna manera a un ser humano y la segunda asume que este debe obedecer todas las órdenes que le de un ser humano siempre que no sea dañar a un ser humano, valga la redundancia. La tercera está ahí para algo más que para evitar que un robot se dañe por accidente, también está ahí para impedir que un humano haga que un robot se dañe a sí mismo. Porque tenemos que asumir que siempre habrá personas con pocos escrúpulos, ingenuas o incompetentes que sean capaces, de forma intencionada o accidental, de provocar que un robot se dañe a sí mismo.

Sabiendo esto es totalmente lógico que exista la tercera ley, pero al ver la reacción del mundo frente a lo sucedido con Oppy y habiendo llegado a entristecerme tanto que al leer su último mensaje no pude dejar de soltar una lágrima, me cuesta cada vez más pensar en una Humanidad con un complejo de Frankenstein tan marcado. Si hemos hecho tanto por un pequeño rover en Marte, creo que el futuro está en las pompas fúnebres para robots.

Deus Ex Machina


viernes, 2 de noviembre de 2018

El cine y la escritura

Todos tenemos influencias. Libros, cómics, música, cine, videojuegos, teatro, pintura, escultura… la lista puede ser tan larga como cada uno quiera. Todas las artes tienen algo en común: transmitir un mensaje a través de una narrativa. Algunas están más abiertas a la interpretación que otras, como la pintura abstracta, y otras pueden ser muy directas y simplistas, como el cine. La simplicidad o complejidad de una obra suele venir dada por la intención del autor, aunque se dan también casos en los que los espectadores aprecian significados alternativos y más profundos a obras realizadas sin esa intención inicial.

Lo que me gusta de la escritura es que tiene una narrativa tan interpretativa como un cuadro abstracto o el arte conceptual, pero lo puedes camuflar como una obra sencilla y con un mensaje claro y directo, haciendo que lo pueda disfrutar tanto un lector casual, que no suele pasar del mensaje superficial y apenas se lo lee una vez y no reflexiona sobre lo que ha leído, tanto como un lector veterano que sea capaz de ver más allá de las apariencias y llegue a disfrutar desgranando cada capa y siendo consciente del simbolismo oculto de la obra.

Sin embargo, a pesar de que el cine tenga una narrativa tan limitada y condensada, por eso no quiere decir que no pueda ser profundo y tener varios niveles narrativos. Lo que la escritura debe describir, el famoso “muestra, no cuentes”, el cine lo puede mostrar incluso sin palabras. Un montaje acertado hace que las imágenes que se muestran nos transmitan el mensaje. La frase “una imagen vale más que mil palabras” es completamente válida y certera, aunque también es fundamental que los creadores de esas imágenes, al rodarlas, montarlas y editarlas, se manejen con una habilidad tal que esas imágenes resuenen con el tema que se está tratando.

Por poner un ejemplo, imaginad un camino de tierra solitario, con campos de cultivos a cada lado. Un enorme turismo negro avanza por el camino. Cuando lo vemos notamos que es un modelo antiguo, de los años treinta o cuarenta. Levanta una gran cantidad de polvo debido a que la tierra del camino está seca. Pasamos al interior de la casa, donde una mujer está fregando los platos mientras desde la ventana que hay frente al fregadero se aprecia como el coche negro avanza por el camino de tierra. De la ventana cuelga un pequeño pendón rojo y blanco, con cuatro estrellas azules. Los colores de la bandera de Estados Unidos. La mujer, de algo más de cuarenta años, continua su tarea con esmero hasta que repara en que el coche se dirige hacia su granja, hacia su casa. El coche continúa avanzando a trompicones por el camino de tierra, ya muy cerca de la casa. La mujer baja un poco el visillo de la ventana para seguir con la mirada al coche y vuelve a dejarlo para encaminarse a la puerta y abrirla antes de que el coche llegue. Abre la contrapuerta visiblemente alterada y se para en el porche de la casa. El coche gira mientras se para y podemos ver una gran estrella blanca en la puerta del pasajero. De la puerta del pasajero se baja un hombre con uniforme de gala verde y de la parte trasera se baja un sacerdote. Al ver a estas personas, la mujer trastabilla unos pasos y termina por sentarse en el suelo al fallarle las piernas. El sacerdote y el militar se acercan y se agachan ante ella, tomándola el sacerdote de la mano.

Esta escena de Salvar al soldado Ryan no necesita diálogos ni a un narrador que nos diga lo que está pasando, sino que cuenta su historia a través de imágenes y la interpretación de sus actores… y no dura nada más que un minuto y cuarenta y siete segundos. Es precisamente eso lo que quiero aprovechar del cine en mi estilo de escritura. No es que diga que quiero ser cinematográfico, sino que cuando toque mostrar, las escenas que muestre tengan una narrativa con tanto impacto como ésta. Quiero que cuando leáis una de mis historias las imágenes acudan a vuestra mente.

Es evidente que, aparte de esta narrativa cinematográfica, el cine ha influido mucho en mí y en todas las generaciones que hemos vivido desde los últimos cien años. Sin embargo, lo último que quiero es abusar de ello y que se me peguen sus peores defectos. No quiero convertirme en el David Cage de la escritura o en el Kojima de las letras.

Sin embargo, la máxima es “muestra y no cuentes”, así que el truco está en cómo hacer para mostrar y no contar, pero a la vez sin que se nos vaya de las manos y quede algo muy recargado, lento y poco accesible. Yo lo cambiaría por “Cuenta cuando quieras que la trama avance y muestra cuando quieras profundizar”. Contar no es siempre malo y mostrar no es siempre bueno.

Al contar, en la mayoría de los casos, un narrador omnisciente y extradiegético detalla los sucesos importantes, las reacciones de los personajes y sus pensamientos superficiales. Esto hace que la historia avance con agilidad, ya que su objetivo es contar la historia principal, no pararse a comprobar los motivos personales de cada personaje ni las circunstancias que rodean cada detalle de la historia. Digamos que, al contar, vamos al grano.

Sin embargo, como en las relaciones amorosas, no todo consiste en ir al grano, porque si se abusa de ello, se corre el riesgo de ir demasiado deprisa y tratar de alcanzar el clímax cuando el lector no está aún preparado. Mostrando ciertas partes de la historia y de los personajes provocas un desarrollo más profundo y posibilitas que el lector empatice con los personajes, lo que a su vez crea una mayor tensión dramática cuando todo esté a punto de estallar, metafóricamente hablando. Si no has conectado con un personaje te va a dar igual lo que le pase.

En resumidas cuentas, el cine tiene un lenguaje propio y la literatura otro. Existen ciertos puntos en común que tanto uno como otro pueden aprovechar del contrario, pero es un error tratar de imitar al milímetro la narrativa de uno en el otro y un fracaso seguro el hacerlo. No entender esto es la razón principal de que muchos lectores empedernidos salgan del cine diciendo “Pues me gustó más el libro”.

viernes, 26 de octubre de 2018

¿Escribir o no escribir?

Esta mañana no me apetecía nada escribir. Decidí abrir este blog no solo por la oportunidad de escribir con regularidad o contactar con lectores que les guste mi estilo y lo que escribo, también me decidí para aprovechar el tiempo. Llevo ya unos meses viviendo a una hora y media de mi trabajo, lo que supone, entre otras cosas, una hora de tren de ida y otra de vuelta. Son esas dos horas diarias las que, hasta ahora, pasaba viendo series y películas en el móvil o leyendo libros, y ahora aprovecho para escribir estos artículos. Pues esta mañana, no tenía ganas ningunas de escribir. Pero lo bueno es que me ha dado un tema sobre lo de escribir, así que… todo bien, ¿no?

Si le preguntas a cualquier escritor, profesional o amateur, cuál es el secreto para aprender a escribir, la gran mayoría te responderá que escribir mucho. Parece una tautología sin sentido, pero aquí hay encerrada una verdad mayor de la que pudiera apreciarse en un primer momento. Desde siempre he comprobado que por muy buenas que fueran las explicaciones que me dieran, hasta que no hacia algo por mí mismo no aprendía realmente a hacerlo. Y además surgían nuevas dudas sobre cosas que nadie me había explicado, lo que enredaba aún más las primeras explicaciones, pero me estoy desviando del tema.

Por muy buena voz que tengas, si no cantas todos los días no vas a pasar de alguien al que se le dan bien los karaokes. Por muy inteligente que seas, si no estudias y desarrollas esa inteligencia, nunca pasarás de ser el que gana siempre al trivial. Por muy bien que se te de contar historias, si no escribes todos los días no pasarás de ser el que mejor cuenta anécdotas o chistes entre los amigos. Es la practica diaria exhaustiva y analítica la que te hace mejorar y expandir los límites de tu talento lo máximo posible.

Decía Edison (o al menos se le atribuye a él, como unas cuantas cosas de la que empiezan a haber serias dudas) que “el genio es un uno porciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración”, y estoy completamente de acuerdo con la frase. La memoria muscular solo se llega a desarrollar después de interminables horas de ejercicio y entrenamiento y escribir, al fin y al cabo, es una actividad muscular más. Se necesita un poco de talento (no hace falta que sea mucho si se cumplen el resto de los requisitos), mucha disciplina y constancia y, además, una tremenda cantidad de horas dándole a la tecla incansablemente.

En mi experiencia personal, siempre he sido creativo y he tenido ganas de contar historias, pero hasta hace poco tenía una válvula de escape en el rol. Jugar y, sobre todo, narrar partidas de rol ha sido mi forma de contar historias. Si no lo hubiera hecho es probable que hubiera empezado a escribir mucho antes, lo que puede verse como algo negativo, pero tantos años de rol han hecho posible que desarrolle mi propio estilo narrativo, lo que es algo positivo sin duda. Y de camino he vivido algunos de los mejores momentos de mi vida. La mayoría de esos momentos han sido hilarantes, pero también los ha habido intensos, apasionados, eufóricos, patéticos y majestuosos. Toda una panoplia de experiencias.

Hace ya mucho tiempo que me vino a la cabeza la historia del Hexágono de Saturno, pero no fue hasta que tuve tiempo libre (estando en el paro) y ninguna opción de jugar al rol (por haberme mudado a Barcelona) cuando me centré en desatascar la historia. Y funcionó.

Mi yo de 2009 no fue capaz de encontrar una buena historia con el Hexágono como eje central. Mis primeras ideas, influidas por El código Da Vinci, giraban en torno a una sociedad secreta que conocía la existencia del fenómeno desde hacía siglos y trataban de ocultar su existencia al mundo debido a una relación indefinida con alienígenas y sus oscuros motivos para crear esa maravilla. En cuanto lo pensé me dije «¿Conspiraciones?, ¿Sociedades secretas?, ¿Alienígenas? Esto no es original ni se sostiene por ningún lado». Es importante señalar que el Hexágono de Saturno se encuentra en su polo norte y, aunque es posible ver este polo un poco, apenas es suficiente como para ver con claridad el fenómeno, más aún si cabe sabiendo que por muy buenos que sean los telescopios que usemos, nunca podríamos obtener imágenes con el suficiente detalle para que fuera observado desde la tierra.

Seis años y muchas vicisitudes después, mi yo de 2015 fue capaz de sacar, no solo una historia, sino toda una saga, aunque por motivos obvios no voy a desvelar nada de la una ni la otra. Solo en la investigación y el desarrollo del mundo y los personajes ya superé ampliamente las 30.000 palabras, lo que me daba material de apoyo suficiente para afrontar con garantías la novela que estoy escribiendo ahora.

Una máxima de la escritura dice “escribe sin parar, que ya habrá tiempo de editar” y debo decir que también estoy completamente de acuerdo con esa idea. Yo lo llamo escribir por desgaste o la técnica Gaitlin: escribes tantísimo que, cuando has terminado, extraes las partes realmente buenas y eres capaz de contar lo que en un principio tenías en mente, pero no sabías exactamente como decirlo. Es como una ametralladora Gaitlin, no necesitas apuntar porque tienes una cantidad enorme de balas y al final, alguna acertará.

Pues, en resumen, hay que escribir y escribir mucho para que, con la práctica, aprendamos a escribir historias buenas y que lleguen a los lectores. Y oye, que no digo que quien quiera se ponga a estudiar o busque guías de escritores que amablemente ofrezcan sus consejos, sobre todo porque yo también lo hago.

Lo que quiero decir, si es que quiero decir algo, es que, si realmente algo te gusta y te quieres dedicar a eso, pues que lo hagas. O sea que, ¡deja ya de leer tonterías y ponte a escribir!

viernes, 19 de octubre de 2018

¿Por qué me gusta la ciencia-ficción?

Una de las cosas que más me gusta hacer desde siempre ha sido reflexionar sobre mí mismo. Volver la mirada hacia el interior me parece uno de los mejores ejercicios de auto descubrimiento y, si se hace de forma sincera, un modo de aprender a ser humilde. Esto lo vengo haciendo desde hace mucho, pero ponerlo por escrito en un artículo es nuevo y me da la oportunidad de compartirlo con quien quiera leerlo.

¿Por qué me gusta la ciencia-ficción? Es curioso plantearse según qué cosas. Sé que mi afición por la lectura me viene de mi abuelo materno, que por otro lado fue el único al que conocí (aunque debo mi existencia al fallecimiento de mi abuela materna, pero esa es una historia no viene al caso). Desde pequeño recuerdo a mi abuelo leyendo por las tardes en su butacón. Leía sobre todo acerca de la Historia y aún conservo algunas de las revistas de Historia 16 que leía.

Es difícil asegurar cuales fueron mis comienzos lectores, pero estoy bastante seguro de que una buena parte fueron cómics y tebeos. Y sí, distingo entre cómics y tebeos. Para mí sería muy difícil pensar en los Superhumor como “Cómics” y en toda la producción de Marvel y DC como “Tebeos”. Pensad que alguien se refiriera al Manga con cualquiera de ambos términos. Sería… raro. Del ámbito patrio leí de todo: El capitán trueno, El cachorro, El TBO, Zipi y Zape, El botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio y, por supuesto, Mortadelo y Filemón. En cuanto al cómic americano, empecé con Spiderman y luego descubrí la Crisis en Tierras Infinitas y de ahí seguí con el Superman de Byrne.

Una vez más, fue mi abuelo el que amplió mis horizontes trayéndome montones de libros de diversos temas, aunque fue un libro en concreto el que me enganchó a la lectura… llamémosla “seria”. Ese libro era “El universo”, de Isaac Asimov. Desde entonces me gustó la ciencia en general, la astronomía en particular y he sido un fan acérrimo de Asimov. Es cierto que ya antes había leído varias novelas de Julio Verne y me asombraba la exactitud con la que había predicho el funcionamiento del submarino en “20.000 leguas de viaje Submarino” o el lanzamiento de una nave espacial tripulada en “De la Tierra a la Luna”, pero fueron los escritos de Asimov los que hicieron ¡Click! en mi cabeza y me llevaron al siguiente nivel.

Cuanto más sabía de astronomía, más me gustaba imaginar qué habría más allá de nuestro sistema solar y de cómo sería viajar a esos lugares. Al principio tiraba de mi faceta de lector de cómics y me imaginaba viajando por el universo usando superpoderes. Historias simples para una mente en desarrollo: vuelo superlumínico, teletransporte instantáneo y sin error e incluso dimensiones paralelas.

Con el paso de los años seguí leyendo divulgación científica y astronomía con cuentagotas, pero fue en mi época universitaria cuando las cosas se aceleraron. Muy cerca de donde vivía había una biblioteca pública y empecé a leer como un loco. Leía de todo y a todas horas. Alta fantasía al principio, todos los libros de divulgación científica de Asimov que tenían y cuando me los acabé, empecé con sus libros de ciencia-ficción. Fue una época que recuerdo con mucho cariño.

No me malinterpretéis, no fui un ratón de biblioteca que lo deja todo por los libros, vida social incluida. Tenía a mi grupo de amigos y, como es normal, teníamos aficiones comunes. Sobre todo, jugar al rol y salir de fiesta de vez en cuando. El añadido de los juegos de rol a la mezcla fue… interesante. Hizo que descubriera el gusto por crear e interpretar personajes que poco o nada tenían que ver conmigo y, más tarde, crear y narrar mis propias historias. Si lo piensas bien, no empecé a escribir historias porque ya las tenía en el rol y esto se puede interpretar como un retraso de quince años en lo que hubiera sido mi comienzo como escritor. Yo prefiero verlo como un tiempo de maduración y crecimiento como creador, ya que definí y pulí mi estilo narrativo, intentando ser claro y natural (como Asimov) y dando un gran peso en la narración a la construcción y el desarrollo de personajes bien definidos (como en el rol).

Hay más influencias que no he mencionado aún, como el cine, el anime y los videojuegos, que han contribuido a potenciar mi afición por la tecnología y la ciencia-ficción, pero cada uno de ellos se merece un artículo propio, así que lo dejaremos para otra ocasión.

Me acabo de dar cuenta de que aún no he contestado a la pregunta. Me he dedicado a rememorar y a dar la chapa durante todo el tiempo sin llegar a contestar por qué me gusta la ciencia-ficción. Pues ahí va: me gusta la buena ciencia-ficción porque puede llegar a ser posible y advierte de los peligros potenciales que nos acechan en el futuro.

La ciencia-ficción optimista es un canto al esfuerzo y la creatividad del ser humano. Es a lo que deberíamos aspirar y a lo que podemos llegar si afrontamos los retos con espíritu constructivo y sin rendirnos ante los retos que se nos plantean. Podemos tardar poco o podemos tardar mucho, pero si tiene una base científica, podemos lograr hacer realidad esos sueños.

La ciencia-ficción en su vertiente distópica también es un explorador que recorre y reconoce los caminos que la Humanidad podría tomar, advirtiendo de los riesgos y peligros que conllevaría seguir por esos derroteros, lo que la convierte en una brújula que evita que nos desviemos del camino que nos lleva a un futuro mejor. Aunque hay veces que nadie acierta por dónde van a ir los tiros, como ya conté en este artículo.

Me gusta la ciencia-ficción porque me gustaría que las buenas historias, las que hablan de progreso y felicidad para toda la Humanidad, se cumplieran. Soy optimista por naturaleza y no puedo evitar pensar que seremos capaces de hacer que el futuro sea algo mejor de lo que nos encontramos en nuestro presente. ¿Y por qué no decirlo? Al niño que aún llevo dentro de mí le molaría muchísimo poder volar.

viernes, 12 de octubre de 2018

UCRONÍA Y DISTOPÍA

Si habéis llegado hasta aquí, doy por supuesto que ya sabéis un poco de temas literarios, así que al ver el título de este artículo no habréis entrado pensado que es algo que se come, una postura sexual o ambas cosas a la vez (¡¿En serio?!). Seguramente quienes estéis leyendo esto ya os suene el término distopía e incluso puede que sea uno de vuestros géneros de novela favoritos. Pues bien, ucronía y distopía son géneros con muchas similitudes, aunque las diferencias no son pequeñas.

La distopía la podemos definir como una anti-utopía. El mundo o la sociedad (o ambos) donde se desarrolla la historia posee unas características que son aceptadas (y muy a menudo padecidas) por sus habitantes y que en gran medida difieren de la sociedad actual en la que vivimos en aspectos clave. Con frecuencia son sociedades que han evolucionado a partir de un desastre global, una catástrofe biológica o medioambiental, una invasión alienígena o un conflicto armado, aunque mis favoritas son las que imaginan un avance tecnológico revolucionario que modifica por completo nuestra forma de relacionarnos entre nosotros y con el mundo que nos rodea, lo que a su vez provoca evoluciones y cambios sociales completamente inesperados.

La primera diferencia entre ambas es la necesidad. Una distopía no necesita nada para ser construida. Es cierto que puedes basarte en el mundo real y en cualquier época, pero también puedes crear una historia de la nada y que no guarde relación alguna con nada que conozcamos. Una ucronía depende totalmente de que exista una línea temporal previa y una serie de acontecimientos históricos conocidos y reconocibles, porque la modificación de uno de esos acontecimientos clave es el germen de todo lo que vendrá a continuación. Como el efecto mariposa, un detalle que a priori puede parecer menor comenzará a resonar y a ampliar sus efectos, modificando los acontecimientos históricos hasta un punto en el que el desarrollo de los acontecimientos históricos no se parezca en absoluto a los de la historia original. El mayor atractivo de las ucronías suele ser el hecho de ver a personajes icónicos y muy definidos cambiar por completo de personalidad, objetivos e incluso de moralidad.

Y no tiene que ser Historia real. Existen ucronías en prácticamente cualquier arte que posea una narrativa. No voy a ponerme a dar ejemplos rebuscados cuando tenemos dos expresiones artísticas que usan, y a veces abusan, de la ucronía. Y no, la literatura no es uno de estos ejemplos. Prefiero dar ejemplos más gráficos y con más posibilidades de ser conocidos por el gran público.

El cine y los cómics. Es de conocimiento general saber que las grandes editoriales (y las pequeñas también, pero no voy a incluirlas aquí porque esto no va de cómics, es solo un ejemplo) Marvel y DC han construido en torno a los protagonistas de sus historias una línea temporal histórica oficial, llamémosle Canon, que es común a todos ellos. Puede diferir a la nuestra en muchos detalles, pero para los personajes de estos comics son hechos tan reales e Históricos como los nuestros. Pues bien, es una práctica muy extendida y un recurso que se lleva utilizando desde hace décadas el proponer “¿Qué pasaría si…?” para modificar cualquier aspecto de la Historia Canónica y explorar lo que ocurriría a partir de ahí. Uno de mis ejemplos favoritos en los cómics es “Superman: Rojo” que se plantea lo que hubiera pasado si el cohete del pequeño Kal-El hubiera aterrizado en la Rusia comunista de los años 30.

En cuanto al cine, es más complicado de realizar y normalmente te explican al principio de la película lo que pasó hace años y que esto ha afectado a la sociedad pasando, por lo general, a una escena “In meda res”. Para hacerlo bien en el cine suele necesitarse más de una película, aunque hay un género que juega muy bien con este concepto: los viajes en el tiempo. Curiosamente, el ejemplo que tengo en mente cumple varias características que he mencionado: la trilogía de Regreso al futuro.

La primera película es una historia autoconclusiva, siempre que ignoremos la escena final. Al comienzo planta las bases de una historia pasada que da origen a la vida mediocre de su protagonista, Marty McFly, de forma magistral. Más tarde, por medios y motivos que no son relevantes, Marty viaja al pasado donde accidentalmente cambia esos acontecimientos descritos al comienzo. El resto de la película se centra en revertir esos cambios, ya que de otra manera Marty caerá en una paradoja temporal que lo borrará de la existencia. Por el camino, se muestran aspectos de la personalidad de sus padres que nunca habían mostrado ante él, lo que hace que Marty llegue a apreciar mucho más a sus padres y permitiendo a la historia darles una mayor profundidad y desarrollo a estos personajes. La segunda y la tercera parte de la trilogía expanden este concepto original, lo retuercen e incluso se permiten jugar con la meta-historia de formas muy ingeniosas. El conjunto, a mi parecer, es una historia magistral pero la base, la que habla acerca de un gran cambio en la vida de los personajes originado por uno pequeño pero crucial en su pasado, ya estaba definida y desarrollada en la primera parte.

¿Qué ventajas tiene la Ucronía a la hora de escribir una historia? Tienes una base muy detallada sobre la que basar tu propio mundo y los detalles que no sean relevantes se pueden dar por supuestos. Puedes cambiar algo que en un principio puede parecer superfluo y a partir de ahí, construir toda una historia alternativa que dé como consecuencia un mundo completamente distinto, parecido en algún aspecto o incluso que no parezca que haya cambiado superficialmente pero que difiera del nuestro en un aspecto muy sutil para darte cuenta al principio pero que con el avance de la historia te des cuenta de que es algo fundamental para la humanidad. Yo creo haber encontrado una forma de integrar estas tres formas de cambio en la novela que estoy escribiendo, pero ya averiguaremos si lo he logrado una vez consiga terminarla y publicarla… espero.

¿Qué desventajas tiene? Debes conocer los acontecimientos Históricos originales de forma exhaustiva para poder plantear un cambio realista y cuales serían sus ramificaciones. Se puede recurrir a la retrocompatibilidad si tú mismo o, más probablemente, alguien con más conocimientos descubre que algo que diste por supuesto no ocurrió como suponías, pero siempre queda mal casi nunca resuelve los posibles agujeros en la trama. Es por esto por lo que es fundamental conocer bien los detalles de la historia original y cual es la alternativa que propone la ucronía.

En cuanto a mí, si tengo que elegir, me gusta mucho más la ucronía que la distopía, pero lo que realmente me gusta, más que cualquiera de las dos, es una Fruitopía bien fresquita en una calurosa tarde de verano junto a la piscina.